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Hoy comienzo a publicar una serie de reflexiones sobre el curioso oficio del «corrector de estilo», un personaje tan extraño como fascinante que a lo largo de años de experiencia de trabajo acumula anécdotas de un grado de humor, acidez, inverosimilitud, tragicomedia, vértigo y belleza que merecen más libros de lo que se han dedicado al tema hasta hoy. Pero sobre todo el corrector de estilo debe ser capaz de lidiar con el estigma de una palabra compuesta: «contrarreloj».

Cuando aparecer en los créditos se torna un descrédito

El corrector de estilo free lance trabaja en el backstage de las estrellas del rock editorial. Pero no por eso entra gratis al recital. Nunca. Tampoco quieren que vayamos, al punto de que —si se nos ocurre aparecer— algún «patovica» se encargará de invitarnos… pero a desaparecer de ahí. Ellos saben. Saben que sabemos demasiados secretos de las megaestrellas del firmamento editorial.

Y es cierto que sabemos más de una verdad inconveniente. Poco glamorosa. Nosotros sabemos muy bien cuántas capas de maquillaje recibió cada estrella. En algún punto nos tienen miedo, porque somos una especie de testigo que primero es imprescindible, pero luego se torna inoportuno. Y encontraron una manera poco elegante pero muy efectiva de desactivar nuestro saber: ignorarnos. Invisibilizarnos.

¿Cómo es posible que en cualquier libro, publicación o revista figuren el diseñador gráfico, el fotógrafo, el ilustrador y todo aquel que haya sido parte menos nosotros los correctores? Es una paradoja fascinante, porque encierra muchísima tela para cortar. Hay mucha metáfora en esa evidente injusticia.

Sombras en el backstage de las estrellas del rock editorial

Antes, hace apenas tres o cuatro décadas, muchas editoriales colocaban el nombre del corrector de estilo de cada uno de los libros que publicaban. Ese dato, en muchos casos, prestigiaba a la casa editora. Así como lo hacía (y sigue haciéndolo) colocar el nombre del traductor o el director de colección.

Hoy son muy pocas las editoriales que hacen constar el nombre del profesional que corrige cada libro. Lo más ridículo —que para mí roza lo bizarro— es que en muchos casos somos nosotros los correctores los que nos negamos a aparecer, los que acabamos pidiendo, pidiendo por favor, que no coloquen nuestro nombre en los créditos, ya que las editoriales año a año imponen plazos de entrega ya no ajustados sino demenciales. Ya no necesitan correctores, sino magos.

¿O será que han encontrado la manera de que no exijamos figurar en los créditos a través de la treta de la urgencia? Suena descabellado, pero al mismo tiempo tiene mucha lógica en un mundo en el que «lo urgente» ha acaparado todos los (des)ordenes de la vida, más que nunca urge preguntarse y repreguntarse cosas como esta. ¿Cuándo fue que la urgencia dejó de ser la excepción para transformarse en norma?

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