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Justo cuando nacía este convulsionado siglo XXIgital, tuve la enorme fortuna de cruzarme en las redacciones de los grandes diarios de Argentina y España con los últimos periodistas de raza. Lo mismo me sucedió con los viejos editores movidos por la pasión de descubrir talentos y editar libros bellos a los que el tiempo no hizo más que mejorar. Sucedió hace unos quince años, aunque parezcan quince siglos.

Desde entonces, el mundo del periodismo y las editoriales han sufrido un proceso de absorciones, compras, fusiones y descuartizamientos que cada día tornan más difícil saber quién es quién y con qué calaña de empresas trabajamos realmente. Incluso suceden casos esperpénticos en los cuales uno —sin cambiar de editorial— puede acabar siendo colaborador de un exjefe al que detesta.

BBB | Big Brother Books

Hoy un grupo editorial puede comprar no solo a otro ideológicamente antagónico, sino también diversificar sus inversiones comprando petroleras, aerolíneas, fabricantes de armas y lo que sea que otorgue buenos dividendos. Es allí donde los que amamos lo que hacemos quedamos huérfanos de armas para escapar a esa marea roja de gurkhas que no tienen ni amor ni pasión por los libros.

Suena distópico, pero a este ritmo es lícito pensar que en veinte años más una gran y monstruosa editorial oligopólica dominará cada país (y será la misma que controle el mercado del país vecino), de hecho en varias naciones del globo —incluidas la Argentina y España— en 2017 apenas dos conglomerados editoriales ya controlan la mayor parte del mercado editorial, descafeinando y quitándole prestigio a todo lo que tocan.

Código de barras bravas

¡Ánimo! Todo parece indicar que estos pulpos multimediáticos nunca dejarán de respetar dos códigos: el de barras y el Da Vinci. El primero porque resulta muy oneroso cambiarlo y ya está estandarizado, el segundo porque continúa siendo un millonario negocio traducido hasta al kurdo. El resto de códigos han sido dejados de lado para aceitar el marketing y la marca globalizada.

Todo cambia tan vertiginosamente que cuando entregás una corrección que te encargaron el mes pasado, la persona que te recepciona el correo electrónico ya es otro editor distinto al que te hizo el encargo, y la editorial ya fue absorbida por otra que a su vez se fusionó con una tercera con la que habías jurado no volver a trabajar nunca más por el resto de tu vida. Nunca digas nunca.

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