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Si en una editorial se corta la luz, los empleados simplemente dejan de trabajar. Si en la casa de un free lance se corta la luz, él simplemente se corta las venas. Edesur, Edenor, Edema. Edema cerebral. No, no es razonable un grupo electrógeno, más de uno habrá pensado en esa delirante y carísima opción.

Un relámpago nos ciega la vista. Inmediatamente después, la negrura es la que vuelve a cegarnos. ¡Volvió a cortarse la luz! La pantalla deja de iluminar nuestra cara mientras oscuros pensamientos comienzan a alimentar una suerte de angustia insistencial: ¿habré guardado todo? ¿volverá pronto la luz?

Marcapasos digital

Desde hace algunos años existen herramientas virtuales para salvar tragedias reales de todos aquellos que dependemos de computadoras y de un suministro eléctrico no demasiado ecléctico. Yo uso una que se ha transformado en el marcapasos de mi corazón, esa «cajita feliz virtual» se llama Dropbox.

Vuelve la luz. Entonces lo notamos. Aunque resulte incomprobable para la ciencia, nosotros sabemos —mejor dicho sentimos— que mientras guiamos el mouse hacia el logo de la cajita feliz nuestro músculo cardíaco acelera su bombeo y nos lo hace saber en cuestión de milisegundos en las sienes.

Infernet

Internet no volvió. Se fueron juntas con la luz, pero volvió una sola. Sin conexión, nuestro marcapasos digital es doblemente virtual. La cajita se vuelve infeliz sin nosécuantos Megabytes por segundo. Mis latidos se aceleran al ritmo de nosécuantos Megabytes por segundo. Tecnodependencia real.

Somos profesionales independientes tremendamente dependientes de un cablecito que nos conecta al mundo, un Gran Hermano alimentado por millones de free lancers que cada día más guardamos nuestro trabajo, nuestras proyectos y nuestros más íntimos pensamientos en «la nube».

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