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—¿Para cuándo la necesitás?

—No hay apuro.

—¿Cómo dijiste?

—Que no hay apuro.

—No entiendo…

—Tranquilo, para cuando puedas.

—¿Me hablás en serio?

—Sí, ¿estás sordo?

—No, es que debo haber escuchado mal.

—Escuchaste bien, hacelo a tu ritmo.

—¿Mi ritmo?

—Eso mismo.

—¿Cuál es mi ritmo? Ya no me acuerdo.

—Tranquilo, fuera de broma.

—Eso, fuera de broma, ¿decís que no es urgente?

—¡Te digo que no!

—Me cuesta asimilarlo.

—Yo también me siento raro al decirte algo así.

—Es la primera vez en la vida que me pasa.

—Siempre hay una primera vez, relajate.

—Creo que no estoy preparado para esto…

Este diálogo tuvo lugar el pasado 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes. Pero el tipo con el que acababa de hablar no era precisamente un bromista. Al cortar la comunicación dudé entre certificar sus dichos ante escribano público, hacerme un té de tilo bien cargado, practicar meditación trascendental o adelantar la sesión semanal con mi terapeuta.

Preguntas retóricas

Cuando un corrector free lance pregunta «¿Para cuándo lo necesitás» sabe —o debería saber— que la respuesta volverá como un boomerang que aparecerá por detrás dispuesto a decapitarnos si no logramos agazaparnos a tiempo. La contestación de la editorial será más rápida que la velocidad de la luz e invariablemente rezará: «Lo antes posible.»

En milésimas de segundo nuestro cerebro deberá ser capaz de recalcular todos sus planes, hasta el más mínimo detalle, para las próximas semanas. Lo más fácil y rápido será prender fuego la agenda de los próximos 15 días, porque serán tierra arrasada por la urgencia. De lo contrario, tachar cosa por cosa que ya no haré resultará una dolorosa pérdida de tiempo.

Cronómetro en cero

¡Hay que ser mago para corregir bien este novelón en dos semanas! Se me apareció la imagen de La Maga construyendo una rayuela que clona números (pero del almanaque de la semana que viene). Mientras tanto, en el Purgatorio terrenal, la editorial ya había puesto a funcionar el cronómetro para que yo purgue el texto de toda clase de impurezas léxicas.

En casos así, hay que apelar a la sensatez, aunque el gramo hoy día se cotiza más caro que el del oro 24 kilates. Decidí atesorar los gramos que todavía me quedan porque las reservas mundiales están prácticamente agotadas. Se imponía el sentido de supervivencia: entré a YouTube, tipeé «The Final Countdown», encendí el cronómetro y me puse a corregir.

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