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¿Hipertrofia (o atrofia) comunicativa?

No existen precedentes en la historia de la humanidad de un crecimiento tan explosivo y vertiginoso no solo de los canales de comunicación sino también de su accesibilidad. Buena parte de nosotros hace apenas veinte años contábamos «solo» con un teléfono fijo y el correo postal para comunicarnos a distancia. Hoy disponemos de teléfono celular, teléfono fijo, correo electrónico, Facebook, Twitter, Skype, Instagram, WhatsApp e infinidad de otras opciones menos masivas.
El crecimiento ha sido exponencial, multiplicándose a la par tanto la facilidad como la velocidad comunicativa. Pero todos esos son parámetros tecnológicos. Todos, absolutamente todos, se han multiplicado. Todo menos nosotros y la duración del día. Nosotros seguimos siendo uno y los «relojes blandos» continúan siendo una excelsa metáfora pintada por Dalí en su óleo La persistencia de la memoria (1931). El resto de los mortales seguimos viviendo jornadas de 24 horas. Ni un minuto más.

El factor humano

¿Pero qué sucedió con nosotros en relación a todos esos cambios tan vertiginosos? Para muchos —a la vez que prácticos e innovadores— están resultando abrumadores por la velocidad y la simultaneidad con la que han irrumpido en nuestras vidas. En muchos casos se trata de imposiciones de facto, a las que resulta prácticamente imposible sustraerse. De buena o mala gana, acabamos por sumarnos a tal o cual aplicación que promete simplificarnos la existencia. A mi criterio, en todos los casos de trata de tecnologías a las que resulta muy sencillo sumarse y luego extremadamente dificultoso prescindir de ellas.

Calidad vs. Cantidad

La disyuntiva podría formularse del siguiente modo: ¿ese crecimiento tan meteórico fue de la mano de una mejora en la calidad de las comunicaciones? Centrándonos en el aspecto humano —y no en el tecnológico— personalmente creo que la parafernalia en la que estamos inmersos ha facilitado como nunca antes una fenomenal hipertrofia comunicativa que está resultando inversamente proporcional a la calidad de las comunicaciones que emitimos.
Es muy lógico. Cada uno de nosotros dispone de un tiempo limitado y una capacidad de emitir y recibir mensajes. El día continúa siendo de 24 horas y nuestro procesamiento mental no se ha multiplicado. Lo que ha variado radicalmente es el modo en que procesamos —o tratamos de procesar— esa ingente cantidad de información que recibimos a diario.

Malabaristas del multitasking

Nos hemos convertido, querramos o no, en una especie de malabaristas del multitasking. Hacemos más de una tarea simultáneamente, incluso hay quienes dicen poder desarrollar varias al mismo tiempo. Sin embargo, los estudios científicos más serios confirman de forma contundente que nuestro cerebro en realidad es incapaz de hacer bien varias cosas a la vez. Las hacemos, sí, pero las hacemos mal (o incluso si las hacemos bien no somos capaces de hacerlas tan bien como antes, cuando realizábamos una tarea detrás de la otra, sucesiva y no paralelamente).
Más allá del puro rendimiento, cualquiera de ustedes habrá comprobado en carne propia que —aunque podamos adaptarnos a esta vida «multitarea»— está claro que resulta imposible disfrutar de cada una de las cosas que vamos incluyendo en nuestros malabares. El cerebro funciona de otro modo, la concentración requiere dinámicas que no se avienen con la simultaneidad de tareas. Hemos ido añadiendo una y otra naranja más al malabar. Hasta que finalmente no cae al piso la última naranja incorporada, sino todas juntas. Es evidente que nuestro cerebro no tiene vocación de malabarista.
Trabajar en «modo multitasking», además, genera mucho más niveles de estrés que hacerlo como antaño, por tanto está claro que —bien mirado— tal vez no sea tan buena idea dejarnos llevar por la marea de falsa modernidad que embate las playas de nuestra psiquis a través de los medios masivos de comunicación.

«Por favor confirmar la correcta recepción de este correo»

Esta frase es unívoca, sencilla, clara y directa. ¿No es cierto? Nótese que además incluye ese educado «Por favor» al inicio, que la torna incluso simpática. En cuanto a la semántica, no tiene complejidad ni ambigüedad alguna: pide al receptor que confirme si ha recibido correctamente un mensaje. No obstante, me sucede cada vez más a menudo —tanto en el ámbito profesional como en el personal— que no recibo respuesta alguna. Silencio de radio.
Hace una década recibía un escueto «Recibido, gracias». Hace un lustro ya era apenas un escuálido y frío «Ok». Hoy en día no recibo respuesta alguna. Nada. Ni corta, ni educada, ni fría… ni siquiera una tardía respuesta. Llegado a este punto crucial es cuando reflexiono y concluyo que estamos mucho más comunicados que antes, al tiempo que en efecto también estamos mucho peor comunicados si lo analizamos con los parámetros de la más estricta efectividad comunicativa. También les habrá sucedido (lo sufro demasiado a menudo) una situación del estilo:

—¿Recibiste mi correo electrónico? También te mandé un mensaje por Facebook y un audio…
—Ehhh. Sí, pero…
—No recibí ninguna respuesta.
—Lo vi pero andaba apurado y…
—¿Leíste lo que te comenté en el correo entonces?
—La verdad, sí… pero lo leí rápido, no pude prestarle mucha atención.

Diálogo de sordos hiperconectados

Un mensaje es enviado por tres medios de comunicación a la vez para «asegurarnos» que resulte efectivo. El mensaje es recibido en los tres casos, sin embargo dicha efectividad es baja, muy baja e incluso nula en más de un caso.
Aquí reside el monumental problema que encuentro en la hipertrofia comunicativa en la que la humanidad se halla sumida. ¿Ahogada? Todos estamos sometidos a un inmisericorde bombardeo informativo —en gran parte insustancial e inútil, pero sobre todo de muy mala calidad— que nos distrae de ese correo o esa llamada verdaderamente relevantes en los que no logramos concentrarnos debido a todo el fárrago de ringtones y avisos sonoros que constantemente interrumpen ese cada día más valioso e insuficiente silencio que necesitamos como el oxígeno para reflexionar con claridad, para disfrutar con serenidad, para (re)apropiarnos de nuestro tiempo y recuperar calidad de tiempo. Para recuperar nuestra salud mental, curándonos de la «infoxicación» masiva en la que estamos inmersos.

La profundidad, devenida banal y anodina superficialidad

El lenguaje permite una dualidad única. Por un lado necesita ser práctico, conciso, efectivo, expeditivo. Pero también amerita —sobre todo— permitirnos expresar nuestra individualidad, nuestra impronta personal. Ese lenguaje puede y debe provocar placer tanto en quien lo emite como en quien lo recibe. Esa es su magia, su potencia evocativa, ese es el factor diferencial que lo ha transformado en literatura, en poesía, en arte narrativo. En belleza que emociona.
Estamos asistiendo a una no tan lenta e inexorable degradación el más maravilloso y creativo modo de comunicarnos: estamos asistiendo —y siendo partícipes— de una rápida y por ahora creciente asfixia comunicativa, que aturde con miles de mensajes que, analizados con cierta calma, no dicen nada realmente importante.
La belleza de la profundidad, del espacio de reflexión, del pensamiento reposado se está diluyendo en un océano de superficialidad cada vez más contaminada de tóxicos emoticones que banalizan, vacían de sentido y uniforman nuestro lenguaje hasta convertirlo en una suma de lugares comunes exentos de impronta y reflexión personal. No nos resignemos a que la actual coyuntura de hipertrofia comunicativa devenga en definitiva atrofia del lenguaje.

Julián Chappa

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