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Existen miles de maneras de guardar archivos, ya no solo en nuestra computadora o un disco externo, sino también en «la nube». Pero así y todo, a veces la nube se ennegrece y cae una granizada que nos deja a merced de una combinación de teclas, que se transforma en una conminación de teclas como respuesta de la editorial que nos encargó una corrección.

La editorial es igual de falible que nosotros, lo que cambia es la sanción que recibe cada uno. Ellos podrán alegar cantidad de motivos «indiscutibles», pero nosotros… Nosotros tenemos pocas armas, todas endebles y sin valor frente a la urgencia crónica que no escuchará razones. Deberemos encomendarnos a San Dropbox, esa especie de «cajita feliz» virtual.

San Dropbox, patrono de los correctores

El caso más paradigmático me sucedió el mes pasado: la editorial X llamó intempestivamente para pedirme copia de un larguísimo libro que corregí hace casi dos años. Sí, casi dos años, exactamente en junio de 2015. Quedó claro que el editor daba por hecho que yo debía tener esa copia, a pesar de ser un corrector free lance y que habían transcurrido exactamente 21 meses desde la entrega de aquel trabajo.

¿Existe legislación al respecto? ¿Leyes no escritas? Lo cierto es que la gente de la editorial se mostró —luego de 21 meses de silencio— repentinamente preocupada por contar con esa copia. Surgió en mí la pregunta del millón: ¿no guardaron los archivos del trabajo concluido que les envié? ¿Cuál es el límite razonable? ¿Cuál es el límite ético? ¿Hasta cuándo y hasta dónde llega nuestra responsabilidad como colaboradores externos?

Lucy in the Skype with(out) Diamonds

Yo no hablaría de «usos y costumbres» sino de «abusos y costumbres». La anécdota que cuento no es ni por asomo la única que me ha sucedido, aunque sí la más pintoresca en cuanto a que habían pasado casi dos años desde la corrección y entrega del libro. Entonces, ¿la editorial descansa en que nosotros somos los garantes eternos de sus recurrentes extravíos?

Recuerdo demasiado bien la única vez que me sucedió a mí extraviar parte de un trabajo en curso a causa de un problema con el sistema operativo de mi computadora. Pero el asunto no fue recíproco, porque yo no podía pedirle nada a la editorial. Sin darme tiempo a reparar la máquina ni pensar con calma, la editorial exigió una urgente charla vía Skype. Dropboxeo.

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